Hace años atrás había una niñita chiquitita que ansiosa esperaba día a día la llegada de papá… a pesar de su corta edad, su corazoncito ya le avisaba cuando se acercaba la hora en que él llegaría… la rutina diaria ya llegaba a su final, el atardecer ya estaba presente en el cielo y ella esperaba…A pesar de estar entretenida en lo que fuera, escuchaba perfectamente el sonido característico del llavero de papá al salir del bolcillo de su pantalón,… el corazón de la pequeñita se detenía por un escaso segundo… luego el ruido de la llave entrando a la cerradura de la puerta de calle, y el corazón comenzaba a latir con mas fuerza que nunca… entonces, el crujir de la puerta le indicaba el momento preciso en que ese abrazo tan anhelado se acercaba a pasos agigantados… y luego todo era silencio en la casa, sólo se escuchaba una carrerita apresurada y un gran grito… ¡PAPAAAAAAA!... y el corazón se salía por la boca, corriendo por ese tremendo pasillo que la separaba de papá… hasta que finalmente de un solo brinco se colgaba de su cuello y ascendía a las nubes en sus brazos… luego un beso en la mejilla blandita pero pinchosa ya por la barba del día, … y un te extrañé papá… te quiero papá… como te fue en la oficina?... y ese abrazo… ese olor a papá… ese olor a oficina,… esa alegría que calmaba una vez más ese corazoncito agitado,… ante la seguridad, la confianza y el bienestar que siempre le brindaban sus brazos… ahora sí podría ir a dormir tranquila, ahora sí estaba todo completo en casa… ahora sí porque llegó el papá…
Como resuena en el alma ese “Venga mi chiquitiiiiitaaaaa” que nos decía y cómo quema todavía ese abrazo en la piel, cómo explicar ese olor, esos sonidos,… esa voz… esa sensación de regalonería máxima al estar en sus brazos, esas sensaciones que no se pueden explicar y que definitivamente no se olvidan.
Bueno, cada día soy testigo de una escena preciosa… mi hija espera día a día a su padre que llegue del trabajo y corre a sus brazos cada vez que la puerta se abre a eso de las siete. Su carita se ilumina y grita “PAPAAAAAA” cuando corre por el enorme pasillo que llega hasta la calle.
Y entonces es imposible no recordar… no sentir… no extrañar… pensar que hace unos años (no pocos), era yo esa pequeñita que corría a los brazos de su papá, y ahora… ahora soy la orgullosa mamá de la pequeñita que corre por el pasillo a los brazos de su gran amor…
Son las vueltas de la vida… que hacen agradecer a DIOS y a mis padres por tener esos hermosos recuerdos en mi corazón y gracias por permitir que quizás en un futuro mi hija sienta al igual que yo, llenito su corazón.